El coronavirus deja de ser una preocupación para las víctimas de Eta

San Pedro Sula, HondurasEl mortal virus del Covid-19, que hasta la semana pasada mantenía en zozobra a los hondureños, dejó de ser una amenaza para miles de damnificados que “no tienen cabeza para pensar en más problemas” y que ahora dan “gracias a Dios” tras haber vencido la “pesadilla” del huracán Eta. Quienes sobrevivieron a la tragedia desatada por Eta tienen claro que el coronavirus puede afectarlos en cualquier momento, sin embargo, después de haber pasado dos noches sobre el techo de una casa sumergida en agua, su mayor preocupación es sobrevivir a las consecuencias de la catástrofe. DatoEl número de muertos en Honduras por covid-19 se elevó este lunes a 2. 765, mientras que el de contagiados a 100. 573. Cerca del aeropuerto Ramón Villeda Morales, en el bulevar del este de San Pedro Sula y en los albergues del populoso sector Rivera Hernández, miles de víctimas de Eta no esperan mascarillas o gel desinfectante, desean de manera urgente platos de comida, medicinas para la tos, sábanas y colchonetas que ha escaseado en esta ciudad. “Yo salí cuando el agua estaba subiendo y tengo dos noches de estar en la calle esperando que el agua baje para ir a ver como quedó. Lo único que queremos ahorita es comida y medicinas no hay cabeza para pensar en si nos vamos a enfermar de covid”, dijo Mauricio Moncada, después de haber recibido un plato de espaguetis en un pick-up que llegó a regalar. Gran parte de las personas que desde el miércoles se han mantenido en este punto del este de la ciudad no usan mascarillas y no es una prioridad el distanciamiento social de dos metros para evitar el contagio, máxime cuando llegan ciudadanos solidarios con automóviles cargados de comida para regalar. Para Anthony Galeas, “en situaciones como estas, que para muchos ha sido de vida muerte, el covid es secundario y sólo hay que tener la fe que ese virus no sea tan peligroso como han estado diciendo en las noticias”. Un poco adentro de Rivera Hernández, a un par de cuadras del parque central, en el Centro Comunitario Juvenil Colonia Sinaí 1, ahora convertido en albergue, se encuentran refugiadas más de 163 personas que, al igual que las que esperan comida y medicinas en las calles, en lo único que piensan es en recibir comida y sábanas. “No estamos pensando más que en recibir ayuda. Perdimos todo. Nosotros vivíamos con mis dos hijos en una casa que compramos y laestábamos pagando, pagábamos 3,200 lempiras al mes, hoy no sabemos qué va a pasar porque teníamos un año de haberla agarrado. Desde el martes salimos y hemos estado aquí durmiendo”, dijo Heidy Torres, 32 años, mientras intentaba contener el llanto. Sin mascarilla y si guardar la distancia, Torres, como todos los albergados, circula por los pasillos de uno de los módulos del Centro Comunitario Juvenil Colonia Sinaí 1 confiada en que no será contagiada por el covid-19. “Suficiente con lo que nos ha pasado”, dijo. Cuatro familias comparten una sola pieza en el Centro Comunitario Juvenil Colonia Sinaí 1. En el interior de este centro, en una pieza de unos tres metros por cinco, más de 10 personas que hasta el martes vivían en cuatro viviendas, duermen en cartones y comen sentados en sillas escolares los alimentos que organizaciones filantrópicas les han donado en las últimas horas con la única preocupación de “recuperar lo perdido”. Las imágenes de la angustiosa y triste labor de los habitantes de La PlanetaEn este habitáculo temporal, la preocupación de Carmen Mejía Solís no estriba en el covid-19, sino en la falta de insulina para su hermano Oscar Rolando Mejía, 43 años, quien, además de ser diabético, es discapacitado. “El casi se ahoga, estamos preocupados porque necesita insulina y no tenemos. Todos los días hay que ponerle la insulina y ese si es un gran problema. La corriente de agua se llevó la refrigeradora donde teníamos la insulina”, dijo. Estas cuatro familias lograron salir el miércoles de Asentamientos Humanos, un cinturón habitado por personas hundidas en extrema pobreza. A los niños y a Rosa Cáceres, 82 años, los lograron evacuar dentro de una refrigeradora vieja que sirvió “como cayuco”, dijeron los familiares, quienes como todos los albergados no usan mascarillas y están durmiendo apiñados. El distanciamiento social de dos metros dejo de ser una medida vital para los afectados por el huracán Eta.,

La Prensa

San Pedro Sula, HondurasEl mortal virus del Covid-19, que hasta la semana pasada mantenía en zozobra a los hondureños, dejó de ser una amenaza para miles de damnificados que “no tienen cabeza para pensar en más problemas” y que ahora dan “gracias a Dios” tras haber vencido la “pesadilla” del huracán Eta.

Quienes sobrevivieron a la tragedia desatada por Eta tienen claro que el coronavirus puede afectarlos en cualquier momento, sin embargo, después de haber pasado dos noches sobre el techo de una casa sumergida en agua, su mayor preocupación es sobrevivir a las consecuencias de la catástrofe.

DatoEl número de muertos en Honduras por covid-19 se elevó este lunes a 2.

765, mientras que el de contagiados a 100.

573.

Cerca del aeropuerto Ramón Villeda Morales, en el bulevar del este de San Pedro Sula y en los albergues del populoso sector Rivera Hernández, miles de víctimas de Eta no esperan mascarillas o gel desinfectante, desean de manera urgente platos de comida, medicinas para la tos, sábanas y colchonetas que ha escaseado en esta ciudad.

“Yo salí cuando el agua estaba subiendo y tengo dos noches de estar en la calle esperando que el agua baje para ir a ver como quedó.

Lo único que queremos ahorita es comida y medicinas no hay cabeza para pensar en si nos vamos a enfermar de covid”, dijo Mauricio Moncada, después de haber recibido un plato de espaguetis en un pick-up que llegó a regalar.

Gran parte de las personas que desde el miércoles se han mantenido en este punto del este de la ciudad no usan mascarillas y no es una prioridad el distanciamiento social de dos metros para evitar el contagio, máxime cuando llegan ciudadanos solidarios con automóviles cargados de comida para regalar.

Para Anthony Galeas, “en situaciones como estas, que para muchos ha sido de vida muerte, el covid es secundario y sólo hay que tener la fe que ese virus no sea tan peligroso como han estado diciendo en las noticias”.

Un poco adentro de Rivera Hernández, a un par de cuadras del parque central, en el Centro Comunitario Juvenil Colonia Sinaí 1, ahora convertido en albergue, se encuentran refugiadas más de 163 personas que, al igual que las que esperan comida y medicinas en las calles, en lo único que piensan es en recibir comida y sábanas.

“No estamos pensando más que en recibir ayuda.

Perdimos todo.

Nosotros vivíamos con mis dos hijos en una casa que compramos y laestábamos pagando, pagábamos 3,200 lempiras al mes, hoy no sabemos qué va a pasar porque teníamos un año de haberla agarrado.

Desde el martes salimos y hemos estado aquí durmiendo”, dijo Heidy Torres, 32 años, mientras intentaba contener el llanto.

Sin mascarilla y si guardar la distancia, Torres, como todos los albergados, circula por los pasillos de uno de los módulos del Centro Comunitario Juvenil Colonia Sinaí 1 confiada en que no será contagiada por el covid-19.

“Suficiente con lo que nos ha pasado”, dijo.

Cuatro familias comparten una sola pieza en el Centro Comunitario Juvenil Colonia Sinaí 1.

En el interior de este centro, en una pieza de unos tres metros por cinco, más de 10 personas que hasta el martes vivían en cuatro viviendas, duermen en cartones y comen sentados en sillas escolares los alimentos que organizaciones filantrópicas les han donado en las últimas horas con la única preocupación de “recuperar lo perdido”.

Las imágenes de la angustiosa y triste labor de los habitantes de La PlanetaEn este habitáculo temporal, la preocupación de Carmen Mejía Solís no estriba en el covid-19, sino en la falta de insulina para su hermano Oscar Rolando Mejía, 43 años, quien, además de ser diabético, es discapacitado.

“El casi se ahoga, estamos preocupados porque necesita insulina y no tenemos.

Todos los días hay que ponerle la insulina y ese si es un gran problema.

La corriente de agua se llevó la refrigeradora donde teníamos la insulina”, dijo.

Estas cuatro familias lograron salir el miércoles de Asentamientos Humanos, un cinturón habitado por personas hundidas en extrema pobreza.

A los niños y a Rosa Cáceres, 82 años, los lograron evacuar dentro de una refrigeradora vieja que sirvió “como cayuco”, dijeron los familiares, quienes como todos los albergados no usan mascarillas y están durmiendo apiñados.

El distanciamiento social de dos metros dejo de ser una medida vital para los afectados por el huracán Eta.

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